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FUSTER EN FIART. Marta Rojas R. 8-12-07
Estamos ante un acontecimiento artístico de primer orden. Pronto han de tener entre las manos, quienes no hayan accedido aún a él, un libro en el cual se muestra la cubanía, a todo color, un libro-objeto de excelente factura, un caudal de muestra de buen arte. Digo muestra porque su autor cuenta con numerosas obras que acreditan esos valores y más. Un autor que no cesa de trabajar con rigor, imaginando siempre figuras en barro o en lienzo que cualquier persona en el mundo querría tener cerca para alegrar su vida y hacer un inventario de gentes y cosas de Cuba. Con solo mirar de soslayo alguna de sus obras sabremos que el autor es Fuster: José Rodríguez Fuster, el de Jaimanitas, aunque no hay otro que iguale su estilo y mensaje. Varios especialistas han analizado su obra desde el punto de vista conceptual en el álbum que FIART tiene el privilegio de ofrecer esta tarde. Podrán leerlos con detenimiento. En mi caso seguiré hablando del progenitor de la obra -- en buen cubano-- del padre de la criatura que está poblando paredes de más de un continente con su mies artística. En Australia, Nueva Zelandia, Brasil, Estados Unidos, la caribeña República Dominicana o la vieja Europa para no extendernos en países o latitudes, hay un Fuster de barro o lienzo, pero el privilegio mayor se lo lleva, de plano, la comunidad de Jaimanitas, gracias a su generosidad.
Seguramente me pidió que dijera unas palabras porque lo conozco y lo quiero como un gran amigo. Diré de él, siguiendo el fiel retrato del Fuster “ Pototo” que describió para este libro el académico David González, su amigo daré de él una visión personal. Creo que lo vi por primera vez, entre un grupo de alfabetizadotes que continuaban la recogida de café en las montañas orientales pasado el ciclón Flora. Pero entonces aquel muchacho era uno más entre el gran ejército, prólogo del movimiento cultural cubano en la Revolución. En realidad lo ví, conscientemente como Fuster, hacedor de casas de barro, en el patio del ICAP durante un homenaje de solidaridad recíproca que se le rendía a los amigos norteamericanos Sandra Levinson y Saúl Landau, como fundadores del Centro de Estudios Cubanos en Nueva York, con motivo de una aniversario de esa institución que abrió a Fuster y a otros artistas y escritores las puertas de la Gran Manzana en los albores de la Revolución, cuando aún se les reconocía como miembros de la Brigada Venceremos, de solidaridad con la Revolución Cubana. Aquel día Fuster estaba vestido de blanco, informal pero tan pulcro que le molestaba una débil mancha de pintura en la manga de la camisa porque entregó una obra que recién había salido del horno y a la que seguramente dio los últimos toques minutos antes de partir hacia el ICAP. Fue allí, recibiendo junto a él un diploma, cuando supe su nombre completo: José Rodríguez Fuster.
Poco tiempo después, por alguna razón, recibí un obsequio, que provenía del Ministerio de Cultura de Cuba: se trataba de un mosaico de los “guajiros” de Fuster. Pero para entonces ya había visitado su casa-taller en Jaimanitas, aún con el alero de madera corroída y el patio de tierra apisonada, pero donde había un inmenso tesoro creativo de barro, Una riqueza inmensa dentro de tan precaria galería. Recuerdo que poco tiempo después Lilia Esteban de Carpentier, acompañada de Marta Arjona, visitó su hogar y adquirió una casa en cerámica de Fuster que colocó en un espacio significativo de su residencia. Sin embargo mucho lucho, mucho, muchísimo sufrió mi amigo artista por incomprensiones locales, hoy insignificantes, y tragedias familiares muy fuertes. Pero, jamás dejó de crear cosas alegres y simbólicas, que seguían, como una crónica, diferentes momentos de la Revolución Cubana en la ciudad y el campo. Desde el camello hasta el apagón, desde la versión fusteriana de la Última Cena, de Titón, hasta las más graciosas y variadas escenas de guajiros y mujeres picasianas. Su exposición personal en Veguitas, provincia Granma, en los días en que subieron a la Sierra los primeros Médicos de la Familia fue un momento que lo devolvió a sus días de alfabetizador, pero en esta oportunidad sí podía plasmar en su obra artística los “sabores” del monte. La casa de Fuster, es también mi casa, y ello me ha permitido ver su evolución ascendente y trascendente. Del barro a la tela, de la tela al barro, sin pretender ni desear cambiar jamás su estilo y color: la mejor carta de presentación de su país y del Caribe, porque eso es también su obra: de Cuba y el Caribe todo. No es de extrañar que el eminente médico, doctor Thimo Pimentel, gran personalidad de la República Dominicana, artísta, de la cerámica y espeleólogo, lo hiciera suyo como creador, tan pronto lo conoció y hoy su Fundación ha contribuido con la editora Unión, de la UNEAC y otras instituciones a confeccionar este álbum, en el que puso lo mejor de sí, Alex, el hijo el hijo del artista.
Según Roberto Chile “ Fuster es una suerte de naufragio entre la realidad y la fantasía, y digo suerte, porque siempre llega, salvo y brioso, lo mismo a una que a otra: ¡Guajiro de Costa al fin!”. Pues sí que llega y sorprende. Lo suscribo pero para mí es más: Es el artista que no para nunca de pensar, porque es un hombre de pensamiento actualizado, ni deja nunca de obrar. Pensamiento y acción imaginativa van parejos en su quehacer. No quiero que sobren las pala ras. Tengan tu obra y se seguro podrán ver en ella mucho
más de mis impresiones. Gracias Fuster, cubano raigal, por tu aporte al
patrimonio de esta orilla del mundo. |
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